Es decir estuvo lo suficientemente solo bajo la rama de un arce.
Levantó los ojos, los bajó, con infinita insistencia.
Se privó de todo.
Y cuando levantaba la vista veía: el arce
—una palabra—; humo, una nube amarilla.
Y cuando bajaba la vista veía una mata de pasto aplastada
donde habitaban unas moscas grises.
El hecho finalizó hacia la primavera de 1956.
Cuando presentó su experiencia a los mayores,
ellos entendieron que el chico volvía de la guerra de guerrillas,
porque en realidad no dijo una palabra.
"Este chico hablará el día del Juicio", dijo la abuela, /pero se equivocaba.
Aquella permanencia bajo el arce —una palabra—
había sumido al chico en esta reflexión:
"Tengo la potestad de irme de las palabras,
lo que significa lisa y llanamente irme.
Y, de permanecer bajo el arce —una palabra—
no puedo decir nada, puesto que soy un chico bajo el arce".
No había que entender que aquello significara nada.
Excepto que el chico estaba bajo el arce, definitivamente
perdido para los significantes,
en una eternidad que carecía de sentido.
De Paisaje con autor, 1988.
jueves 11 de diciembre de 2008
miércoles 19 de marzo de 2008
La ausencia, de Juan Ravioli en Álbum para la juventud, vol.1
Creo escuchar tu pequeña voz.
¿Qué ganarás con gritar más alto?
¿Cómo se siente ser un recuerdo más?
Si, hoy me siento muy bien.
Me siento muy bien.
Yo desde acá te recuerdo bien.
Veo brillar con fulgor tus pupilas.
No quiero pensar en lo que pudimos ser.
Si, hoy me siento muy bien.
Me siento muy bien.
Para que veas estoy acumulándote en mí.
Tiempos de tiempo mejor.
Yo ya no quiero decir que
esto no es lo mismo sin vos
¿Qué ganarás con gritar más alto?
¿Cómo se siente ser un recuerdo más?
Si, hoy me siento muy bien.
Me siento muy bien.
Yo desde acá te recuerdo bien.
Veo brillar con fulgor tus pupilas.
No quiero pensar en lo que pudimos ser.
Si, hoy me siento muy bien.
Me siento muy bien.
Para que veas estoy acumulándote en mí.
Tiempos de tiempo mejor.
Yo ya no quiero decir que
esto no es lo mismo sin vos
Un saludo a todos los que me conocen

Sigo con Casas. Un texto alusivo a la amistad. Una foto de un amigo.
Este es mi amigo Strozza
Por Fabián Casas
Por Fabián Casas
Ahora que, tal vez, me halle en il mezzo del camino de mi vida, me puse a pensar en los amigos que tuve y tengo. Y en la amistad. En realidad todo se disparó por un amigo puntual al que quiero mucho: Pablo Strozza. El sábado pasado Pablo estaba en la cancha mientras yo estaba en mi casa, tapado por una cobija, viendo San Lorenzo-Vélez. Y en el entretiempo del partido hablamos por teléfono intercambiando opiniones de lo que estaba pasando. Yo le dije que uno de los errores más notables de nuestro nuevo técnico (Alfaro) era –ya que se jactó de estar metido en el medio de todas las transferencias que se hicieron, casi como un manager-, no haber comprado, aunque sea un día antes, a Castroman. Un muñeco letal que, se veía, nos podía liquidar el partido.Otro de los errores, le dije a Pablo, era que San Lorenzo estaba parado en la cancha como Quilmes. Muy atrás, como un club chico: lo cual nos partía al medio: no había conexión entre los mediocampistas y Cardozo quien, por momentos, era el único delantero. Ahora es historia: ganamos un partido que tendría que haber sido empate. Porque el árbitro Martín echó a Castromán por algo que jamás hubiera echado a, por ejemplo, Martín Palermo. Pero lo que me quedó de ese sábado no sólo fue la victoria del CASLA sobre la hora sino también el placer de hablar con un amigo en medio de una tarde fría.¿Por qué alguien se convierte en nuestro amigo? Como, por ejemplo, Pablo Strozza. Michel Houellebecq escribió alguna vez en uno de sus virulentos ensayos que “Las sociedades humanas y animales tienen diferentes sistemas de diferenciación jerárquica. El aristocrático (por nacimiento), la belleza, inteligencia o fortuna. Todos estos criterios me parecen, por otra parte, igualmente despreciables. Yo los refuto. La unica superioridad que reconozco es la de la bondad”.Bien, yo pienso lo mismo. En la cultura de la calle a veces ser bueno se identifica con ser boludo. Está el neologismo para denotar eso: “buenudo”. Ser bondadoso, en realidad, es un valor supremo difícil de sostener en una sociedad caníbal y exitista como la que vivimos. Entiendo por una persona buena a alguien que, entre muchas de sus preocupaciones, está la de dar amor a los demás. Y que no utiliza a la bondad como una patología para salvar sus culpas si no como algo que le sale naturalmente. Es decir, dar amor le produce placer. Así que un componente central de una persona que me interesa es el de la bondad. Claro que un amigo también nos tiene que seducir.A mí me seducen hasta las cosas que, a veces, me molestan de los amigos. Por ejemplo: Strozza es un gritón demoledor. Y es, a veces, un fundamentalista: Beck copia a Drake, por eso Sea Changes es malo. Para reafirmar esto repite una frase que ya se convirtió en un clásico de su repertorio: “Cuando Beck en Buenos Aires estaba tocando Loser ¡me fui a comer un pancho!”. A lo largo de nuestras sobremesas, cuando se hable del tema, sé que lo va a decir, invariablemente. Y esta misma pasión que pone para sostener sus mantras, esta puesta al servicio de las cosas que tienen corazón. Eso es algo que para mí es fundamental.Realmente me saco el sombrero ante la gente generosa, con un alto grado de lealtad; no a lo que dicta la ética de la época, sino a sus sentimientos elementales. La escena final de La Pandilla Salvaje, de San Peckinpah, cuando los tipos se reunen, salen del burdel y deciden ir a defender a uno de ellos sabiendo que están en el horno y que van a ser masacrados, me parece demoledora. Eso es lo que hay que hacer. No hay vueltas. John Carpenter, siempre preocupado por la lealtad en sus películas, da una muestra de este fenómeno cuando en el final de Vampiros, James Woods (el cazador principal) y Daniel Baldwin (su lugarteniente) se despiden en el final del film.Baldwin ha sido mordido por un vampiro y, con el pasar de las horas, se va a convertir en uno de ellos. Woods lo sabe. Entonces lo abraza y le dice: “Sabés que te voy a tener que perseguir y matar… Pero te doy dos días de ventaja”. Eso es. Aun cuando creamos que un amigo pueda convertirse en vampiro, hay que darle, como mínimo dos días de plazo antes de caerle encima.Lo contrario a la amistad como yo la entiendo está en la amistad de los “famosos”. Este fenómeno siempre me llamó la atención. Los famosos, aunque no se hayan visto nunca en la puta vida, ya se estuvieron viendo de manera virtual, en fotos de vidrieras de diarios y revistas, en la televisión, etc. Por eso, cuando se cruzan en algún lugar, la famosidad que despiden mutuamente, los hermana y, acto reflejo, se besan y se abrazan como si se conocieran desde siempre. Estas amistades son de superficie, banales y duran menos que un día de franco. Pero a veces tienen resultados trágicos. Por ejemplo, el caso de Fernandito Olmedo, hijo de Alberto. Fernandito era un ser querido para mí y para mi familia.Un día va a un restaurant nocturno, se cruza con el bailantero Rodrigo. Alguien le dice a Rodrigo que ese chico es el hijo de Olmedo. Automáticamente se empieza a segregar la famosidad y Rodrigo, que hasta entonces no reparaba en Fernandito, se funde en un abrazo con él y lo invita a viajar esa misma noche a La Plata para presenciar un show suyo. Se lleva de trofeo al hijo de un famoso. Por metonimia, con Fernandito cargado en su camioneta, la famosidad de Olmedo padre, pasa a Rodrigo. El final de la historia ya es conocido.En definitiva: la amistad no es algo horizontal, es algo vertical. Un amigo es alguien que nos abre, con su virtudes y defectos, las ventanas de nuestra pequeña mónada. Recuerdo ahora a mi primer amigo. El hijo de una amiga íntima de mi mamá. Mi amigo Alfredo, conocido en Boedo y alrededores como Máximo Disfrute. Él fue el arquetipo primordial –como una idea platónica- que después se replicaría en miles de amigos que vendrían más tarde. Como Pablo Strozza.
Ser invisible bajo el sol
Acá les dejo el texto de un gran escritor, Fabián Casas. Leído al recibir el premio "Anna Seghers" en Alemania.
Hace un tiempo atrás se me rompió un zapato. Me vi en problemas porque no recordaba una zapatería cerca de casa para poder arreglarlo. Sin embargo, salí a la calle y a las dos cuadras encontré una. Era un local viejo iluminado por una luz muy cálida. Había olor a cuero y una estufa daba un calor acogedor. Parecía una zapatería sacada de los cuentos infantiles. Detrás del mostrador, un hombre mayor trabajaba con un martillo y unos clavos. Tenía unos anteojos de esos que se usan para ver de cerca. Intercambiamos frases de cortesía y le pregunté si era nuevo en la zona, ya que yo –que había pasado infinidad de veces por ahí- no lo conocía. El hombre se sonrío y me dijo que hacía 20 años que estaba en el barrio. Que había visto crecer a varios de los chicos que antes jugaban en la vereda. Le dejé mis zapatos para que los arreglara, lo cual hizo de manera notable. Saqué una conclusión: hasta que no lo necesité, el zapatero había sido invisible. Saqué otra conclusión: todos los que hacen bien su trabajo son invisibles. De manera que, en una cultura que propicia la sobreexposición mediática, la invisibilidad es un don. Me di cuenta que también algo de ese espíritu estaba en los escritores que me gustan, esos que no salen a buscarte desde los desmesurados aparatos editoriales sino que se los encuentra irremediablemente cuando son necesarios.
El zapatero de mi cuadra hace zapatos, yo escribí algunos poemas. Y tengo hoy el inmenso honor de ser premiado con el galardón que lleva el nombre de una gran escritora. Me gustaría decirles que desde chico tuve la certeza de que la literatura no es algo individual, sino colectivo. Me siento parte de una larga lista de escritores, de todas las lenguas y de todos los tiempos. Por suerte el espíritu no tiene una sola dirección y sigue soplando donde quiere. No escribo poesía argentina, sino que formo parte de un territorio panlinguístico y mestizo donde se mezclan los dialectos y las costumbres de todos los seres que lo habitan. Escribamos o no, lo más importante es que todos nosotros somos narraciones de la vida. En cada bar, oficina, hotel o cualquier lugar donde la gente se junta, está alguien escribiendo el sermón de la montaña. Simplemente hay que ponerse en estado de atención para poder oírlo. Un joven, leyendo en el subte, está sosteniendo algo de lo mejor de nuestra civilización. Porque todo indica que los tiempos son oscuros. Que vivimos en una época de choque entre civilizaciones totalitarias, conducidas por puristas que sólo pueden engendrar horror y muerte. Si seguimos así, a todos nos va a tener que reconocer por la dentadura.
Lo cierto es que a la poesía no se la define, se la reconoce, dijo Alberto Girri, un gran poeta argentino. Así que no voy a cometer la estupidez de definir algo en lo que no se han puesto de acuerdo siglos y siglos de pensadores. Pero sí voy a nombrar algunas de las cosas en las que encuentro poesía: a veces en un animal, otras en el motor de un auto, en las largas vías del tren y en el silencio de los hospitales. En Johan Cruyff corriendo con su elegante camiseta naranja o en la construcción anónima de las catedrales. En el inferno de Dante, en el cerebro de Ugolino y en el sticker de la virgen pegado en el tablero del patrullero. La poesía siempre se encuentra en estado de pregunta. ¿Por qué estamos acá? ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? A veces, hasta nuestros seres queridos nos resultan extraños. Y sin embargo, la voluntad poética de habitar el mundo, es lo que todavía hace que la cosa valga la pena. Buenas noches, apúrense que vamos a cerrar, repite alguien desde hace años en uno de los versos de The Waste Land, buenas noches, buenas noches a todos. Mi nombre es Fabián Casas, pero en Alemania pueden decirme Kaspar Houses.
Berlín, noviembre de 2007
Hace un tiempo atrás se me rompió un zapato. Me vi en problemas porque no recordaba una zapatería cerca de casa para poder arreglarlo. Sin embargo, salí a la calle y a las dos cuadras encontré una. Era un local viejo iluminado por una luz muy cálida. Había olor a cuero y una estufa daba un calor acogedor. Parecía una zapatería sacada de los cuentos infantiles. Detrás del mostrador, un hombre mayor trabajaba con un martillo y unos clavos. Tenía unos anteojos de esos que se usan para ver de cerca. Intercambiamos frases de cortesía y le pregunté si era nuevo en la zona, ya que yo –que había pasado infinidad de veces por ahí- no lo conocía. El hombre se sonrío y me dijo que hacía 20 años que estaba en el barrio. Que había visto crecer a varios de los chicos que antes jugaban en la vereda. Le dejé mis zapatos para que los arreglara, lo cual hizo de manera notable. Saqué una conclusión: hasta que no lo necesité, el zapatero había sido invisible. Saqué otra conclusión: todos los que hacen bien su trabajo son invisibles. De manera que, en una cultura que propicia la sobreexposición mediática, la invisibilidad es un don. Me di cuenta que también algo de ese espíritu estaba en los escritores que me gustan, esos que no salen a buscarte desde los desmesurados aparatos editoriales sino que se los encuentra irremediablemente cuando son necesarios.
El zapatero de mi cuadra hace zapatos, yo escribí algunos poemas. Y tengo hoy el inmenso honor de ser premiado con el galardón que lleva el nombre de una gran escritora. Me gustaría decirles que desde chico tuve la certeza de que la literatura no es algo individual, sino colectivo. Me siento parte de una larga lista de escritores, de todas las lenguas y de todos los tiempos. Por suerte el espíritu no tiene una sola dirección y sigue soplando donde quiere. No escribo poesía argentina, sino que formo parte de un territorio panlinguístico y mestizo donde se mezclan los dialectos y las costumbres de todos los seres que lo habitan. Escribamos o no, lo más importante es que todos nosotros somos narraciones de la vida. En cada bar, oficina, hotel o cualquier lugar donde la gente se junta, está alguien escribiendo el sermón de la montaña. Simplemente hay que ponerse en estado de atención para poder oírlo. Un joven, leyendo en el subte, está sosteniendo algo de lo mejor de nuestra civilización. Porque todo indica que los tiempos son oscuros. Que vivimos en una época de choque entre civilizaciones totalitarias, conducidas por puristas que sólo pueden engendrar horror y muerte. Si seguimos así, a todos nos va a tener que reconocer por la dentadura.
Lo cierto es que a la poesía no se la define, se la reconoce, dijo Alberto Girri, un gran poeta argentino. Así que no voy a cometer la estupidez de definir algo en lo que no se han puesto de acuerdo siglos y siglos de pensadores. Pero sí voy a nombrar algunas de las cosas en las que encuentro poesía: a veces en un animal, otras en el motor de un auto, en las largas vías del tren y en el silencio de los hospitales. En Johan Cruyff corriendo con su elegante camiseta naranja o en la construcción anónima de las catedrales. En el inferno de Dante, en el cerebro de Ugolino y en el sticker de la virgen pegado en el tablero del patrullero. La poesía siempre se encuentra en estado de pregunta. ¿Por qué estamos acá? ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? A veces, hasta nuestros seres queridos nos resultan extraños. Y sin embargo, la voluntad poética de habitar el mundo, es lo que todavía hace que la cosa valga la pena. Buenas noches, apúrense que vamos a cerrar, repite alguien desde hace años en uno de los versos de The Waste Land, buenas noches, buenas noches a todos. Mi nombre es Fabián Casas, pero en Alemania pueden decirme Kaspar Houses.
Berlín, noviembre de 2007
sábado 27 de octubre de 2007
Elecciones 2007
En vísperas de elecciones, algo de Arturo Jauretche: "El ciudadano tiene la ilusión de que elige, y sólo se limita a escoger entre la reducida lista que los financieros han decretado apta para el consumo popular".
sábado 6 de octubre de 2007
1ª obviedad: Caminos

Ir y venir. Influencia. Recorrida.Nacimiento. Muerte. Aventura. Migración. Tomar. Decidir.Cambiar.Desprenderse. Cortar. Laberinto.Espejismo. Objetivo. Horizonte. Norte. Búsqueda. Contemplación. Roma. Distintos. Seguros: burguesía, progresismo conservador, viviendas rolón, frávega, las toninas. Criaturas.Caminos nfinitos: punto rojo?existe?no llegan todos a roma?infinitos.melancolía. vida y muerte.temor, perturbación, obstáculos, fuerza. Hacia el cosmos.Maratón.Caminos cerrados, abiertos. Angostos. Bifurcaciones. Senderos. Ramificación. Cauce. Diversidad. Destellos. Kerouac,Flopa, H.Thompson,Cienfuegos. Los caminos que he de recorrer no van a ningun lugar. Las autopistas no tienen fin. El viaje no se termina. Fin. Llegada. La bandera a cuadros es una parca.
Espacio para las obviedades
Evidentemente, hay momentos en que uno se vuelve(o lo es todo el tiempo pensandolo bien)narcisista y autorreferencial. Pense que no me iba a llegar ese momento, pero fatalmente no lo pude evitar. Bueno, ahora tengo un blog(quizas lo tengo porque tome unas cervezas de mas y no filtro mis impulsos.) Para decir lo que quiera, para difundir fragmentos(de una realidad estallada) que considero valiosos. Por supuesto no van a faltar las obviedades y los pensamientos boludos. Los invito a participar. Nos sean tan duros con mi ego.
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